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Ser casa de acogida

Desde que tengo uso de razón ha habido animales
en mi casa, pero era siempre mi hermana quien pedía, cuidaba y mimaba
a las diferentes especies que pueblan mi infancia. Ella iba para veterinario
y yo... era la traviesa divertida que “aún no sabemos a qué
se dedicará”.


Mis mejores amigos tienen desde hace un par de años
una gata, Tábata, que desde pequeñita gustaba de darme algún
que otro besito y meterse en mi bolso. Se decía que, para sorpresa de
muchos, yo parecía tener en algún recóndito sitio sentimientos
para gatos. En esta creencia y conocedora de la necesidad de la asociación,
Carmen, la mami de Tábata, comenzó a hablarme de estos grupos,
alabando las facilidades que daban para que cualquier persona pudiera colaborar
con ellos. Cuando recibí por primera vez el enlace a los foros, comprobé
sorprendida la labor que se estaba realizando y en cuestión de horas
comencé a dar un poquito de mi.







El
primero en entrar en escena fue Orfeo Negro. Al parecer llevaba mucho
tiempo sin que nadie lo quisiera por su color y su edad (año y
medio) y comenzaba a convertirse en una urgencia. Había que acogerlo.
Era como la película de Stuart Little, el ratoncito adoptado por
una familia de humanos: muchos niños en el orfanato, pero los papás
querían niños pequeños y a los mayores no les prestaban
atención alguna... y si encima eran de alguna manera especiales...
Orfeo era negro .


Esa misma tarde pude ver lo guapísimo
que era y tan mimoso y tan suave. Una manchita blanca adornaba su pecho
y las patas tornaban en marrón oscuro con la luz. Unos penetrantes
ojos verdes miraban solícitos, como diciendo, llévame contigo.
Un rabito corto como siamés, que había soldado mal cuando
se lo rompió, daba, sin embargo, destreza a su ya refinado andar.
Su pelambrera semilarga delataba sus orígenes. Realmente me sentía
llena de alegría y emoción. Mi amiga Carmen me acompañó
a lo que, definitivamente, fue un parto sin dolor. Al llegar a casa, Orfeo
no tardó más de 5 minutos en subirse a mis rodillas y melosamente,
pedir mimos.


Era increíble: ya tan educadito, tan caballero.
Recuerdo sentarme en el salón de mi casa a ver la tele con él
en mi regazo. Era terapéutico sentir su contacto, relajante acariciar
su sedoso pelo... se respiraba paz, amor, agradecimiento, ternura y felicidad,
por parte de los dos.








Había dado negativo en todos los análisis
realizados aunque quedaba pendiente un cultivo de hongos. No me importó:
él necesitaba cariño y yo dar un poquito de mi. Ya esa noche
durmió conmigo. Era una locura, nunca había dormido con
un gatito, pero de alguna manera quería que supiera que era bienvenido
a mi hogar. Recuerdo que no encontraba postura porque todo su afán
era encontrar el mayor contacto conmigo.


Al día siguiente pasó la siguiente
prueba: el rey de la casa quería conocerle. Mi hijo Daniel de 8
años se encontró con un gato que nada más llegar
se acercaba a él para que le acariciara. Dani no se lo podía
creer, estaba acostumbrado a Oscar (de nacimiento Osiris), el persa canela
de mis padres que no es, en absoluto, tan cercano como Orfeo y un niño
quiere que su mascota le demuestre que cuenta con él. Y claro,
Orfeo quería a toda costa ganar puntos y quedarse con nosotros.


Recuerdo la cara de felicidad de ambos cuando
Dani se sentó en el suelo con las piernas cruzadas como haciéndole
un nidito a Orfeo y éste rápidamente se acurrucó
en él. Aquellas fueron las primeras fotos de nuestro proyecto familiar.








Recuerdo que los primeros días llegaba
a casa deseando mimarle. En el trabajo las cosas estaban muy movidas y
aquello era un remanso de paz para mi. Dani quería que se le acurrucara
a él y yo le enseñé que el gato debía ser
libre, uno más en la familia. Tan bien iba todo que me puse un
plazo de 15 días para dar el sí definitivo y así,
el 7 de octubre adoptamos a Orfeo y pasamos a llamarle familiarmente Off.
Después de los trámites, Dani y yo fuimos a comprarle unas
latitas y un ratoncito para celebrarlo. Además una pelotita naranja
completó el set que tanto disfrutamos ese sábado con él.


En menos de una semana, Orfeo ya eligió
sus sitios preferidos: una mantita de cuando Dani era bebé era
su cunita en la cocina, el respaldo del sofá del salón su
sitio para siestas y mis rodillas y la mesa del despacho, su ubicación
mientras yo trabajaba frente al ordenador. Ahora mismo escribo estas líneas
y le tengo en mi regazo cuán bebé con su mami.














Con el tiempo comenzó a coger más
y más confianza y ahora ya reclama juegos. Recuerdo una noche en
el ordenador que al no hacerle caso, se me colocó entre mi espalda,
el respaldo del sillón y me dio un ligero mordisco en mi coleta.
Lo que me reí. Cuando quiere jugar, intenta “picarme”
con ligeros mordisquitos. Es un gatito juguetón.



Tan buena era la experiencia y tanta la necesidad
de casas de acogida que nos animamos a acoger a otro gato. De nuevo había
un caso urgente. Un gato mucho más joven pero con cuerpo de mayorcito.
Yam entró en nuestra casa con la sonrisa de la curiosidad típica
de gatos en su carita.








El encuentro con Orfeo fue muy tranquilo. Se
olieron, se observaron, Yam en su trasportin y Orfeo suelto como anfitrión
de la casa.


Ese fin de semana vinieron Carmen y su marido
a cenar y cómo nos reímos con los dos. Sobre todo cuando
Orfeo en una carrera juguetona, trepó por la chimenea del salón
y desapareció ante nuestros atónitos ojos. Yam quedó
también impresionado, era como si pensara: caramba cuando sea mayor
quiero ser como éste.


Era
curioso observar cómo Yam mostraba un carácter más
libre, más curioso, más “a vivir que son dos días”.
El no buscaba mimos en primera instancia, quería descubrir mundo
y jugar, jugar muchísimo . Tal era su energía que sentimos
que nosotros no éramos los apropiados para acogerle: sí,
le mimábamos y le cuidábamos como uno más de la familia,
pero entre diario Dani y yo estábamos demasiado
tiempo fuera y Yam necesitaba mucha compañía. Así
pues se fue a vivir con una gatita y un amo que disponía de mucho
más tiempo para jugar con él. Pero nos quedamos satisfechos
porque al fin había encontrado un hogar en donde había mucho
que descubrir (hasta una terraza con plantas y vistas a la calle) y donde
espera pacientemente que alguien quiera adoptarle.



Ari ha sido sin duda el caso más dramático
con el que nos hemos encontrado Dani y yo. Estuvo a punto de morir por
las lesiones que sufrió tras una caída desde altura y la
falta de cuidados. Nos dijeron que había superado la primera noche
de milagro y que necesitaba urgentemente de cuidados dedicados.


Era cierto que no disponía de mucho tiempo,
pero mi vida profesional se vio truncada y decidí que si en mi
empresa no me necesitaban, había alguien que agradecería
de mis esfuerzos.


La noche que fuimos a recogerla mi hermana y
yo, recuerdo haber pensado en una tarde fría y un chocolate caliente.
Esa sensación de protección, de acogida... de calor familiar.
De camino a casa, mi hermana sacó a Ari de su transporte y en sus
rodillas le dispensó mimos, caricias, sensación de protección
y qué besitos le daba. Tenía la patita vendada, heridas
por su cuerpo y era tan pequeñita....








Al día siguiente y desoyendo toda indicación
médica, dimos Dani, Orfeo y yo la bienvenida a Ari con una sesión
de cine, Playstation y Lacasitos en el salón. Orfeo ocupó
su sitio en el sofá y Ari no sabía bien si pegarse a mi
o a Dani, pero qué paz tenía y qué escena tan familiar.








Era muy llamativo cómo Orfeo fue a quien
mejor acogió en casa desde el primer instante. Se notaba que era
la pequeña, que necesitaba mimos y él estaba dispuesto a
compartirlo todo. Era juguetona como Yam pero, quizás, Orfeo intuyó
que había que dispensarle un trato muy esmerado y vaya si se lo
dio.


Con el tiempo y la ayuda de otras colaboradoras,
Ari va saliendo adelante. Ya ha sanado su patita y no lleva vendaje pero,
sobre todo, sus ganas de vivir siguen en aumento.



Recuerdo una tarde en el trabajo que sonó
mi móvil. Al parecer había una urgencia con una gata rescatada
de la calle: su salvadora había recibido un ultimatum sobre su
estancia en casa (hay que señalar que l@s voluntari@s tenemos tantas
ganas de servir de ayuda, que olvidamos que en nuestra casa vive más
gente o incluso, como es mi caso personal, que el que mucho abarca poco
aprieta). Me dijeron que había sido tan precipitado que ni siquiera
tenía nombre y me rogaron que nos apretujásemos un poco
en casa (ya vivía Orfeo y Ari con nosotros).


Tengo que reconocer que, aún a mi edad,
hay ciertas cosas a las que no sé decir que no, así que
allá que me fui a Ventas a recoger a la “sin nombre”
(días más tarde me enteraría que sí tenía
nombre, Elsa de hecho, pero a mi me hizo ilusión poder ponerle
uno).


Recuerdo la sensación que me produjo verla
por primera vez: qué colorido y brillo tenía en su pelo.
Cuando giró su cabecita para mirarme me recordó al anunció
de Cacharel: lou lou? Oui, c’est moi. Qué elegancia, qué
saber estar... Recordaba a esas piedras semipreciosas que tanto me gustan,
así que de esa manera obtuvo su segundo nombre: Jaspe.


Esa misma noche descubrió mi dormitorio
y mi baño y lo primero que hizo fue agradecerme su acogida con
un par de besitos. ¡Cómo me impresionó!: nos acabábamos
de conocer y ya me demostraba cuán agradecida estaba.









Qué coqueta, qué femenina, no tuve
que esperar más que a que el niño se durmiera para poder
realizar su primera sesión de fotos.








Desde el primer día durmió conmigo.
Estaba completamente sana y era tan educadita, que cuando notaba que yo
dormía, se apartaba un poquito para dejarme espacio y a descansar
las dos.


Hubo unos días que mostró que tenía
su propia personalidad cuando, de buenas a primeras, decidió que
alternativamente haría sus “cacotas” en la arena y
fuera de ella, en medio del baño. Probé de todo y al final
era lo más fácil del mundo: tenía sus propias preferencias
con respecto a la arena y claramente, la de cristalitos no era de su agrado.


A día de hoy ha vuelto a su primer
hogar de acogida, en donde las aguas han vuelto a su cauce y disfrutan
de toda la elegancia de Jaspe-Elsa.




Ser casa de acogida


Quiero terminar con una invitación a todas
aquellas personas que no acaban de decidirse, que no saben si serán
capaces, que tienen miedo de fallar, que no han tenido nunca animales
en su vida, que no encuentran tiempo para nada, que no están seguras
de qué dirán... Estos gatitos y gatitas, de toda condición
social, de todo color, de toda edad, os mirarán a los ojos el primer
día y os dirán: dame un poquito de ti.


Teresa Velasco

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